Francesc Català Roca trabajando
Su primera exposición individual será en la Sala Caralt de Barcelona, que junto a sus libros posteriores Barcelona (1954), Cuenca (1956) y Tauromaquia (1962) revelarían su personal creatividad abordando el conflicto fotográfico que se daba entre la simple práctica realista de la fotografía y la fotografía documental entendida como un estilo. En 1954 empezará a colaborar con la Editorial Destino en numerosas guías turísticas, y se le encargará por parte de la Dirección General de Turismo la toma de fotografías por toda España.
En 1960 contrajo matrimonio con la danesa Lilly Pederse. Tuvo dos hijos, Martí y Andreu. No será hasta 1965 cuando investigue sobre el color en su obra.
En 1970 por encargo del galerista y mecenas Aimé Maeght, comenzó a realizar documentales sobre artistas plásticos como Miró, Chillida o Guinovart. Abandonará definitivamente el blanco y negro en 1973.
En 1982 tuvo lugar su primera exposición retrospectiva en la Galería Maeght de Barcelona con el título "Francesc Català-Roca. Fotografies.Artistes.Arquitectes.Toros".
Hombre de muchos reconocimientos a lo largo de su carrera, obtuvo también el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1982, concedido por primera vez a un fotógrafo; Cruz de San Jordi y Premio Nacional de Artes Plásticas de la Generalitat de Cataluña.
En 1996 viajó por última vez para impartir una conferencia sobre fotografía y arquitectura. En esta etapa se agudizó una prolongada y traumática enfermedad. En 1997 tuvo lugar una exposición sobre su obra en la Fundación Llorens Artigas y una exposición antológica en el Centro de Arte de Santa Mónica. Murió el 5 de marzo de 1998.
En sus propósitos Catalá Roca se guiaba por una noción de descripción elocuente. La imagen resultante debía ser clara y gráficamente impactante, registrando la expresividad de un gesto o la energía de un movimiento, en muchas ocasiones parece centrarse en un detalle que permite su articulación simbólica; por eso muchas de sus tomas se han convertido en iconos de su tiempo (el perfil del labriego con boina, la silueta de los toros de Veterano en el horizonte, los tricornios de la Guardia Civil…). Por ello insistía en plantear su fotografía como un texto que el espectador debía leer y del cual debía esforzarse en aprender vocabulario y sintaxis.
Considerado uno de los grandes de la historia de la fotografía, Catalá-Roca ha sido también un espléndido documentalista que legó a ciudades como Madrid y Barcelona algunas de sus más certeras, poéticas y valiosas imágenes de su reciente pasado.
Dos ciudades rivales, en idéntica situación de pobreza y reconstrucciones sociales después de la guerra, abiertas y múltiples en todas sus manifestaciones, son utilizadas para conformar el variopinto mosaico cultural que era España en los años cincuenta. Sus imágenes, pequeñas narraciones en una sola entrega y en blanco y negro, cuentan sin tapujos el aspecto de lo más esencial que ocurría en las calles, durante unos años en que el día a día intentaba olvidar los recuerdos y las divisiones entre vencedores y vencidos.
Son imágenes que nos hablan sin tragedia de la cotidianidad de dos ciudades con sus edificios más significativos, sus habitantes, los medios de transporte, las calles y las plazas, el diseño de los carteles, los letreros de las tiendas, la ropa y el peinado de las mujeres, los sombreros de los hombres, los coches, la cartelera cinematográfica...el callejón solitario, las sombras huidizas y el rostro emblemático de una época. Su mirada se paraba ante los más diferentes motivos y en todos lograba una parte del gran puzzle emocional y social de una España vitalista que él contribuía a crear.
Ante todo intentaba reflejar una doble cara, en Madrid, mientras la clase pudiente disimulaba visitando las tiendas de abanicos, las sombrererías y las churrerías, un insalubre método de recogida de basuras limpiaba sus calles y los más pobres tenían que refugiarse en las ruinas de una iglesia. En Barcelona, mientras los limpiabotas se situaban ante el cartelón de la ópera Madama Butterfly del Liceo y el glamour alumbraba el entreacto, otros menos afortunados aguardaban el regreso de los últimos prisioneros de la División Azul.
Catalá Roca llegaría de forma intuitiva a una filosofía de la creación fotográfica que podría resumirse como que en fotografía "ver es crear" y que "es más importante captar que hacer".
Os recomiendo que os compréis este libro (o que uséis las bibliotecas, que para eso están) y que lo disfrutéis pues vale la pena, yo tuve la suerte de conseguirlo a través de un regalo de Navidad por parte de mis primos Mari y Javi y la verdad es que me hizo muchísima ilusión, el libro está compuesto por mas de 400 imágenes en maravilloso blanco y negro que son testimonio de la relación del fotógrafo con su ciudad. Son fotografías que cubren cinco décadas de trabajo fotografiando sus paisajes y sus gentes.